martes, 13 de diciembre de 2016

DONKEY PUNCH (2008)


No sé dónde, ni cuándo, había oído hablar de Donkey Punch pero no fue hasta que leí la crítica en mi amado blog de Almas Oscuras , que no se despertó mí interés por verla. Hasta ese momento, pensaba que era la típica película de adolescentes descerebrados que morirían descontroladamente y que termina aburriéndome sobremanera. Mi primera apreciación no andaba del todo desencaminada, ya que la mayoría de los jóvenes protagonistas son más primitivos que un orangután, pero lo cierto es que esta cinta me resultó entretenida y tiene varios aspectos positivos.

Tres turistas inglesas, Lisa, Kim y Tammi, están disfrutando de unos días de vacaciones en Mallorca, cuando conocen a unos chicos en una discoteca. Éstos las invitan al yate en el que están trabajando para continuar con la fiesta en alta mar. Tras una noche de sexo, drogas y alcohol, una de las chicas sufre un accidente que provocará que la jornada en el barco se transforme en una auténtica pesadilla de la que, posiblemente, no escapen con vida.

Oliver Blackburn, guionista y director de Donkey Punch, debutó en la gran pantalla con esta película. Hasta ese momento, sólo había dirigido algún corto y un capítulo para una miniserie. Tardó varios años en estrenar su segundo largometraje, Kristy (2014), en el que una chica se queda sola en el campus durante las vacaciones de Acción de Gracias y es atacada por un grupo de marginados (me la apunto porque ha despertado mi curiosidad). Tras esto, ha continuado con su carrera en la dirección en el mundo de la televisión.

Del elenco de jóvenes actores que aparecen en la película, la única que me sonaba era Jamie Winston y no porque fuese la hija del conocido actor Ray Winston, sino porque es una de las protagonistas de la miniserie Dead Set (2008).

Podríamos dividir Donkey Punch en dos partes bien diferencias. En primer lugar, nos muestran, en un tono totalmente desenfadado y al más puro estilo de Gandía Shore, a un grupo de chicas que han ido a Mallorca de vacaciones para divertirse y emborracharse para que una de ellas olvide sus penas amorosas. Son tan inconscientes que no piensan en los peligros que pueden encontrar al meterse en un barco con unos desconocidos, a los que se les ve a la legua que su único interés es acostarse con ellas. Esta parte se caracteriza por la música techno y una estética videoclipera con unas preciosas imágenes del barco y la puesta de sol. Un marco incomparable que contrasta con la vorágine de alcohol, drogas y sexo en grupo en la que se ha convertido la fiesta en el barco.

La segunda parte comienza en el momento en que una de las chicas sufre un accidente como consecuencia de la práctica sexual que da nombre al título de la película. Es entonces cuando, Donkey Punch se convierte en la típica película en la que un grupo de gente aparetemente normal se encuentra en una situación extrema y reacciona con total violencia contra sus compañeros, empeorando la situación inicial de manera desmedida. Nadie quiere cargar con el mochuelo y se enfrentarán unos a otros de manera salvaje. Los asesinatos son bastante realistas y carecen de florituras, hasta hay uno al estilo de la Matanza de Texas que es de los mejores, jejeje.

A pesar de la estupidez de las chicas protagonistas que, al igual que los chicos son “castigados” por este desenfreno de drogas y sexo, me agradó ver que no se limitaban a ser meras víctimas y que luchaban hasta su último aliento para intentar escapar de esta panda de indeseables. Por eso mismo, no terminé de entender el fin que acaba teniendo una de ellas, porque la sensación que da es que es una forma rápida de quitársela de en medio, después de haberse dejado la piel por salvarse.

Más que una película de terror, Donkey Punch es un thriller juvenil con ciertos tintes de salvajismo sangriento y escenas de sexo explícito. Guarda ciertas similitudes con la estupenda Very Bad Things (1988), aunque no cuenta con los golpes de humor que tenía ésta. No es una película brillante, pero sí un producto entretenido sin demasiadas pretensiones que animará cualquier noche cinéfila.  


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